Memoria del Seminario permanente sobre el amor y la muerte, Luis Antonio Restrepo: Miguel de Cervantes: “El Quijote de la Mancha”

Sesión del 14 de mayo de 2016

CAPÍTULO SEGUNDO

Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

Un nuevo momento se nos presentó: el segundo de todos los que habremos de llevar a cabo durante estos años de andanza con el famoso hidalgo de La Mancha. Se divisaron caras ya conocidas y algunas nuevas bastante amigables, que sumadas a las anteriores llenaban a más no poder nuestro salón (y léase bien: a más no poder, tanto así que hasta encima de las mesas y de a dos por silla se vieron algunos asistentes). ¡No produce sino ánimo el ver que en un lugar de Medellín se reúnen seres amorosos de las viejas letras e historias, cuyas voces atraviesan los siglos para hablarnos hoy de la locura, de la vida, de la aventura de existir, tan misteriosa y compleja en ese entonces, como en este!

Esta vez el problema que fungió de centro de gravedad para nuestra conversación llevó el título: «Habitar el mundo con un lenguaje propio: ¿locura?». Una vez anunciado se desarrolló más o menos así:

Sabemos, pues, que a don Quijote lo habita la locura, y no una cualquiera sino aquella que viene de la lectura en demasía de las novelas caballerescas. Pero bien, ¿en qué consiste la locura del famoso hidalgo? Se dijo, por ejemplo, que el ser humano construye su realidad a partir de los lenguajes, esos misteriosos configuradores del mundo nuestro, y que don Quijote era un humano, ergo, tenía lenguaje, ¡y es cierto, pues de lo contrario no podría leer ni tener una pizca de imaginación! Y sabemos que es un gran lector, así como un gran imaginador. ¿O acaso eso de que una posada cualquiera en el camino, con prostitutas acompañando la entrada puede parecer un castillo con sus doncellas a los ojos de cualquier cristiano? Quiere decir entonces que don Quijote es un loco, pero está en el lenguaje, y éste configura el mundo que él habita: el de los castillos, las doncellas, los caballeros, el honor, los agravios, los entuertos y los famosos gigantes. ¿Será acaso que la clave de su locura radica en que el mundo que configura su lenguaje es diferente del nuestro?

Vale la pena decir también que este loco no es nada ajeno a las reglas y a las estructuras ideológicas. Muestra de ello es su preocupación por el hecho de no haber recibido la orden de caballería y de no estar armado como se debe, sintiendo dentro de sí la imposibilidad de batirse con quien así lo precisara. Todo un loco es nuestro hidalgo, y su delirio le favorece siempre pues lo inhabilita de reconocer la derrota o la adversidad; don Quijote recurre permanentemente al embellecimiento del mundo y a la presentación de toda situación como favorecedora de su posición. ¡Ver castillos donde hay humildes casas, manjares donde hay pan negro y doncellas donde hay prostitutas!, y a pesar de todo esto, sabe bien de las reglas que ha de acatar en su mundo de caballería.

 

Se escuchó decir también que un cuerdo tiene interlocutores, un loco, por su parte, no, pues está impedido de escuchar cualquier cosa diferente a lo que ya está en propia cabeza y en su propia verdad. ¿Quién puede conversar desde las certezas y las “verdades” cuando justamente conversar es reconocer que la falta nos habita y que en la palabra del otro puede hallarse algo del orden de la verdad?

Todos parecíamos asentir lentamente con la cabeza en señal de acuerdo con la idea anterior, y como pasa cuando se lee la gran literatura, lo que pensamos de ese personaje hecho de tinta sobre el papel se nos devuelve como una flecha disparada según el comentario que se escuchó a continuación: “si definimos al loco como alguien que tiene una certeza incuestionable con la que habita el mundo, ¿qué podemos decir de nosotros? ¿Acaso no estamos llenos de pequeñas certezas? ¿No contamos con la fe de que ciertas cosas son como creemos que son y serán como creemos que serán? ¿No somos nosotros unos ‘pequeños locos’ o más bien, no contamos nosotros con ‘pequeñas locuras’? ¿Es tan fácil decir ‘aquí yo, el cuerdo’ y ‘allá él, el loco’?

De esta forma es que dimos con el final de nuestra sesión, que mucho nos puso a pensar en la locura, en la del ingenioso don Quijote y en la propia.

Permítaseme, por último, resaltar dos ideas sobre el hermoso estilo de Miguel de Cervantes.

  1. El narrador es un elemento ambivalente: por un lado parece ser un polo a tierra, un pedazo flotante de madera que funge como salvación a quien se ahoga en el mar de la locura. Pero del otro lado es un elemento que juega a hacer olvidar qué es lo que se está leyendo. A modo de ejemplo podría decir que quiere persuadirnos de que nuestra lectura tiene como objeto un documento histórico salido de “los anales de La Mancha” y sin embargo, bien sabemos que no es así: «Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego con quien hacer experiencia de valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre (...)»
  2. Un momento de gran particularidad tuvo lugar en este capítulo: el famoso hidalgo que a sus 50 años sale de su finca a vivir aventuras de caballería, luego de ver doncellas donde hay prostitutas y un castillo en lugar de una simple posada, ofrece al lector unas palabras de gran sabiduría y potencia que no han de pasar desapercibidas, y el valor de las mismas dejo a la discreción de cada quien: «Cuanto más, que podría ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y el peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas» ¿Qué cosa son estas palabras sino el vislumbramiento de un poderoso sentido de realidad de nuestro protagonista?

Vincent Restrepo.

Responsable de la memoria.

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