Memoria del Seminario permanente sobre el amor y la muerte, Luis Antonio Restrepo: Miguel de Cervantes: “El Quijote de la Mancha”

Sesión del 21 de mayo de 2016

CAPÍTULO TERCERO

Donde se da cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero.

¿Quién de nosotros llega al mundo diciendo “yo soy yo”? ¿Quién es, pues, un ser ya todo hecho y nunca en falta? ¿Quién no necesita de otros? No hay nadie así, ¡ni siquiera don Quijote! Tanto es así que en su locura no puede dejar de necesitar quien le mire compasivamente, le ciña su espada, le provea un gentil espaldarazo, le calce la espuela y lo convierta en caballero. ¿Qué decir de tan particular situación? ¿No es acaso paradójico que un loco no invente en su cabeza los personajes que ha de envolver en su nombramiento como caballero sino que deba encontrarlos en medio de sus andanzas? Pues sobre esto mucho fue dicho, y a continuación ofrezco lo que mal que bien pudo ser recogido.

Iniciando nuestra conversación, nutrida y cautivadora como es lo común por los caminos de La Mancha, se alzó una voz que preguntaba lo siguiente: “¿qué clase de loco es este? ¿Cómo categorizarlo, ubicarlo, entenderlo? Habíamos dicho que los locos tienen la terrible condición de estar solos en su mundo, sin posibilidad de interacción con los demás; pues bien, helos aquí al famoso hidalgo y al ventero de la posada compartiendo el mismo idioma, el de las armaduras, los caballos, las damiselas, los castillos y las aventuras”. Pero pongamos atención al estilo de su discurso, a su elegancia, a su elocuencia, al brío y denuedo expresado, a su firmeza y al respeto o al desfavor dirigido a sus interlocutores, por ejemplo, a su Dulcinea del Toboso: «Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo.», y hablando de los arrieros otro tanto: «(…) de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes, que vosotros veréis el pago que lleváis de vuestra sandez y demasía.» ¿Quién puede negar que don Quijote tiene un discurso propio elaborado y operante con sus propios referentes? Los hay quienes no los ostentan, atreviéndose así a alterar e interrumpir algo fundamental para don Quijote, como los arrieros y su interrupción de la vigilancia nocturna de las armas de del hidalgo, aquellas que serán su compañía en la solitaria aventura de ser caballero andante, y por esta afrenta reciben sus buenos golpes. Por otro lado se nos presenta el ventero, quien con la intención de que la risa inunde la noche, sigue con atención el hilo discursivo de su interlocutor y llega a participar de él. Es así como nos dice el narrador «le dijo [el ventero] que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él asimismo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo, buscando sus aventuras (…). Había ejercitado la ligereza de sus pies, la sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos (…).» Dijo luego un asistente que en este comentario picarón del ventero se halla el triunfo de sus peticiones a don Quijote: ha dicho de sí mismo que es todo lo contrario a lo que nuestro hidalgo representa, pero se lo ha dicho en su mismo idioma, con sus mismos referentes, así como le ha pedido que lleve dinero para pagar lo que consume, indicando que es sabido que los caballeros siempre llevan dinero, y que es tan sabido que ni siquiera se debe hacer mención de ello en los libros que tanto gusta leer.

Así, pues, continuamos preguntándonos ¿qué locura tiene don Quijote? Cualquier intento de respuesta ha de tomar en cuenta los aportes que se escucharon a continuación respecto de este capítulo:

  1. Don Quijote tiene objetivos claros, acaso inamovibles, pero en todo caso sabe de ellos y actúa en consecuencia.
  2. Don Quijote planea, proyecta la forma de resolver una necesidad que lo embarga: ser nombrado caballero.
  3. Don Quijote respeta y acata las reglas y estructuras de poder del mundo que habita, de ahí que no pueda batirse en duelo con un caballero sin haber sido nombrado tal.
  4. Don Quijote no es un psicótico: posee un nivel de relación e interacción con la realidad. Sus ojos necesitan ver una posada, unas prostitutas y un ventero, de forma que de allí pueda percibir un castillo, unas bellas damas y un caballero.
  5. Don Quijote es un hombre de la acción, del paso al acto. No se queda estático en el sillón de su finca imaginando sus aventuras: sale al mundo, toma sus armas y se dispone a deshacer agravios y entuertos. Toda acción vital del mundo caballeresco, es decir, toda batalla, está intervenida por la ritualización propia de su contexto: antes de asestar o recibir el golpe, ha de encomendarse a la señora dueña de su corazón, fuerza y voluntad.

La locura de nuestro protagonista no es, entonces, un simple desatino, sino que paso a paso, capítulo a capítulo, se va complejizando ante nuestra lectura y conversación, ofreciéndonos para esta sesión la idea con la que comienza esta memoria: ¡se necesita al otro, incluso cuando se es don Quijote de La Mancha!

Sólo queda por decir, al final de esta memoria, que conversación como la que escuchamos en esta sesión supera por mucho la posibilidad de esta escritura. ¡Cuánta multiplicidad de ideas y planteamientos en el seno de nuestra sesión! ¡Gracias, pues, a un bello problema ofrecido por uno de los equipos, ostentando el título “la realidad que hace locura, la locura que hace realidad”, al cual todos sumamos nuestras inteligencias e interpretaciones! ¿No es esto, justamente, el objetivo de esta experiencia?

Vincent Restrepo

Responsable de la memoria.

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