Memoria del Seminario permanente sobre el amor y la muerte, Luis Antonio Restrepo: Miguel de Cervantes: “Don Quijote de la Mancha”

Sesión del 28 de mayo de 2016

CAPÍTULO CUARTO

De lo que sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta.

Vagaba don Quijote por los senderos de La Mancha cuando escuchó el llamado a la acción: de algún lugar los sonidos de la injusticia invocaban su presencia. Cuál no fue la sorpresa de los distinguidos lectores de su aventura al percibir que la situación envolvía a un labrador y a su criado, el uno deudor de un dinero que en lugar de pagar se embolsaba, a más de los azotes que propinaba al otro. Repartió justicia, pues, nuestro hidalgo, reconocido desfacedor de agravios, y picando a Rocinante abandonó la escena, confiado en la promesa de caballeros que levantó el ya mencionado labrador —que de caballero no tenía ni la esperanza— de pagar lo debido. Continuó por su camino hasta que éste se dividió en cuatro y dejando la decisión al destino (tomando en este caso por “destino” el estómago de Rocinante, que ansiaba llegar a la caballeriza), su fiel caballo lo condujo por el camino ya conocido.

Encontróse luego con seis mercaderes y sus criados respectivos, a quienes sin duda gritó: «Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.» Tamaño desconcierto el de los caminantes, desconocedores de la —según decía el caballero— gran doncella Dulcinea del Toboso. De inmediato sugirieron que les fuera mostrada para constatar su belleza, a lo que nuestro hidalgo tuvo como respuesta lo siguiente: «Si os la mostrara, ¿qué hiciérades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que sin verla lo habéis de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora vengáis uno a uno, como pide la orden de caballería, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aquí os aguardo y espero, confiado en la razón que de mi parte tengo.» ¿Quiénes de nosotros no sintieron la tristeza y la congoja cuando el mozo de aquella caravana de mercaderes destrozó la lanza y dio palo a don Quijote hasta dejarlo tendido y maltrecho, maldiciendo con furia y encomendándose a su señora? Pobre de nuestro hidalgo y pobre de ésta, su primera salida…

Ya en nuestro encuentro, tomó cada quien su silla y mostró su disposición a conversar, de forma que mucho dijimos sobre este capítulo. Centró nuestra discusión un problema llamado “El valor de la palabra en el mundo de don Quijote”, resaltando las formas variopintas que adopta la palabra en las páginas de esta novela. Examinamos en primera instancia su relación con Dulcinea del Toboso. ¿Dónde existe este personaje sino en la voz del protagonista? Nadie le ha visto, ninguno da fe de su belleza y gracia, sólo don Quijote, que alguna vez se enamoró de una campesina de nombre Aldonsa Lorenzo y por medio de su palabra, el ingenioso hidalgo elevó a los cielos a la inexistente Dulcinea. Ni siquiera la campesina sabe que un loco anda deambulando por La Mancha desfaciendo entuertos y anulando agravios en su nombre, pues la cruzada por la justicia que ha emprendido don Quijote no enarbola sus banderas para elevar la imagen propia a los ojos de ella. El hidalgo goza de invocarla y encomendársele sin que este goce trascienda nunca a la carne. Vale la pena entonces enunciar lo dicho luego por otra voz, indicando que don Quijote goza también de tratar de transmitirla a los demás. Entiéndase bien la razón de su fracaso: todo enamorado ve un diamante donde otros ven un vulgar pedrusco, o como se enunció con más atino, todo enamorado ve en una Aldonsa Lorenzo a una Dulcinea del Toboso, y dado que este juego hermoso del lenguaje y del amor tiene lugar sólo para el sujeto, los demás no habrán de ver sino a la simple Aldonsa Lorenzo, que nada tiene de doncella, ni de excesiva fermosura. Don Quijote trata de transmitir esa verdad que lo embarga con su discurso imperativo y dogmático, ¿o qué podría pensarse si mientras caminamos por la calle alguien nos detiene y nos exige que digamos que no hay otra más hermosa y donosa que Dulcinea del Toboso, que así lo hagamos sin siquiera haberla visto, so pena de golpearnos por haber agraviado su beldad? La verdad del enamorado… una verdad imposible de transmitir.

Por otra parte examinamos la relación de don Quijote con la palabra y la justicia, relevando de este capítulo el hecho de que supone que todo hombre encontrado en el camino ha hecho ya el juramento de caballería y habrá de responder fielmente a él. Le bastó la palabra para confiar en el labrador que tras la promesa ni pagó lo debido ni liberó a su criado, el cual ya le advertía: «Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi amo no es caballero ni ha recibido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar. —Importa eso poco —respondió don Quijote—, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.» Esta es entonces una característica del ingenioso hidalgo: confía en la palabra del otro en una época en donde la mentira y el incumplimiento se hallan desperdigados por doquier.

Es necesario, llegando al final de esta memoria, preguntarse si don Quijote es un hombre que verdaderamente razona lo que la palabra del otro ofrece, incluso si ha sido capaz de conquistar el lugar de “Otro”, es decir, de la otredad que caracteriza la aventura de la vida. ¿No nos parece en lugar de un hombre con un discurso a su haber, un discurso que ha captado por completo a un hombre? Sin embargo recordemos la petición del director de esta aventura de leer con otros: ¡Aguardemos lo que viene, que en toda gran novela los que empiezan no llegan iguales a su fin. No cerremos al Quijote en sólo cuatro capítulos, pues otros están por venir y habrán de presentarnos personajes que irán horadando al don Quijote que conocemos y quizás, sólo quizás, llegue a ser otro!

Vincent Restrepo

Responsable de la memoria.

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